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EL INSTINTO TEATRAL
Nicolás Evreinov.

Segunda parte.

Un interesante ejemplo del papel representado por el instinto teatral en el desarrollo de la cultura humana, puede encontrarse en la historia de la vestimenta. He aquí una mujer salvaje, desnuda. Ha oscurecido sus párpados y sus cejas, se ha teñido el cabello con la vana pero digna intención de adquirir el aspecto de una flor. No se esfuerza por disimular su desnudez, tan sólo trata de darle un aspecto diferente. Sin embargo, a medida que el salvaje va progresando, los atributos a los cuales recurre para la ornamentación de su cuerpo, son cada vez más numerosos. Finalmente, en un cierto grado de la evolución teatral, al traje lo determina una especie de cristalización de esos atributos. En realidad, si el hombre, y en especial un habitante de las regiones meridionales, no tuviesen instinto teatral, tampoco usaría vestimenta.

En cuanto al norte, su habitante usaría vestimenta sólo durante las estaciones frías; pues ¿para qué le servirían durante el verano? Nada difícil resulta probar que la castidad no representa papel alguno en el desenvolvimiento de la vestimenta, pues, muy al contrario, la “vestimenta” del salvaje con frecuencia pone en evidencia tales partes del cuerpo (masculino o femenino) que la castidad exigiría esconder (por otra parte, la misma observación puede aplicarse a mucha gente culta) En cuanto al pudor, es indudablemente un factor en el desarrollo de la vestimenta. Pero este sentimiento ha de ser encarado en el sentido de que el hombre primitivo llega en cierto momento a sentir vergüenza de mostrarse en traje “natural” en lugar de uno “artificial”. En otros términos, se avergüenza de demostrar su ignorancia de la etiqueta social, la cual exige el respeto por los sentimientos teatrales de otros. Tal vez a ello se agrega el temor de aparecer como incapaz de ejercitar su dominio sobre la naturaleza. En todo caso el instinto teatral es el responsable del uso de la vestimenta en las épocas primitivas de la civilización.

No obstante, permítasenos penetrar algo más a fondo en la naturaleza psicológica del instinto teatral. ¿De dónde procede? ¿Cuánto pudo, por vez primera surgir en el alma humana? Nada difícil es reconstituir, por lo menos esquemáticamente, el proceso de su despertar.

Imaginad a un salvaje narrando a sus hermanos cómo cazó exitosamente, cómo llevó a cabo un excelente yantar; cómo atravesó a nado un ancho río; cómo luego lo atacó un tigre; cómo logró escapar pero que su mujer sucumbió; que huyendo ante el tigre, rodó de un alto cerro…Sus hermanos se niegan a prestarle crédito; el narrador discute, se excita. Se le pide que indique el lugar donde se encuentra el ancho río que pretende haber atravesado y el cerro, muy alto, del cual pretende haber caído. El interpelado está perplejo, confuso. En este momento aparece su mujer, se halla en perfecto estado de salud y en su cuerpo ninguna señal de arañazos de tigre se nota, lo que deja al salvaje completamente atónito. Entre tanto, sus hermanos le explican que en vez de ir de caza, se quedó extendido, inmóvil y con los ojos cerrados bajo un árbol; dicho de otro modo, estuvo dormido. Es entonces cuando empieza a comprender que además de su “yo” ordinario, existe en él otro “yo”, y este otro “yo” es ciertamente algo maravilloso, pues puede dejar al mundo de las realidades y errabundear por otro mundo, creado por él mismo. En otros términos, el salvaje empieza a comprender que además de su “yo” físico, posee también un “yo” espiritual y que el hombre tiene un cuerpo y un alma; un alma dotada del talento necesario para poner en escena, durante el sueño y hasta cierto grado durante la vigilia, tan maravillosos espectáculos. Desde luego, no pretendo decir que el salvaje procede tan clara y lógicamente como lo hago aquí, yendo de deducción en deducción. Empero, por más obscuros y brumosos que fuesen sus pensamientos, ha descubierto, no obstante, su facultad de “imaginar” cosas, imitar, si prefiere, la realidad con la imaginación, de embellecer con su fantasía su vida miserable; es decir su facultad de teatralizar.

Tan sólo en función de su capacidad de teatralizar la vida, es que el hombre primitivo se inclina por vez primera ante Dios o ante los dioses. Antes de creer en los dioses, el hombre debió adquirir el talento de concebir a esto dioses; de darles calidad de personajes, tal como el dramaturgo da forma de personajes a ideas, sentimientos o pasiones. Sin este don de transfiguración, de creación imaginativa de cosas y seres que no pueden ser vistos en esta tierra, el hombre no tendría religión. Por otra parte, semejante afirmación encuentra pruebas convincentes en el hecho de que los etnógrafos conocen numerosas tribus cuya vida presenta elementos de teatro; elementos primitivos, embrionarios, pero no obstante innegables; pero entre quienes la concepción de Dios no apareció aún. En otras palabras, el hombre se vuelve, antes que nada, actor, comediante; la religión llega después; la Comedia precedió a la Divina Comedia. Por tal razón, los mitos son esencialmente dramáticos y teatrales. Y ello se aplica a la historia de todos los pueblos en el albor de su existencia.

Ahora habrá comprendido el lector porque afirmo que el teatro como institución permanente, ha surgido del instinto de teatralidad y no de la religión, ni de la coreografía o de la estética o de cualquier otro sentimiento. Psicológicamente tan sólo hay un paso de la “mascarada” del hombre primitivo en su vida cotidiana, al teatro en el sentido estrecho y técnico la palabra ¿Acaso no es natural, que el hombre, quien para adornar la monotonía de su descolorida existencia organiza espectáculos bajo pretexto de bodas, muerte, justicia., organice igualmente espectáculos sin otro pretexto que el del placer del espectáculo mismo o de su puesta en escena? De ahí deriva la institución de actores profesionales, de comediantes. Y el nacimiento de tal institución en los primeros tiempos de una nación o de un a raza, está demostrado por el hecho de que existe en el África salvaje una gran demanda de actores profesionales. Entre varias tribus salvajes de Niams-Niams se puede encontrar toda clase de mimos errantes, de cantores vestidos con trajes extravagantes, de aspecto puramente teatral, que gozan del respeto y de la admiración general. Los Bambaras y los Mandingas, prestan tal importancia a sus “trovadores” que éstos son considerados como sagrados, hasta en tiempos de guerra. Además, se puede citar cierto número de tribus donde las funciones de actores son llevadas a cabo por los jefes de clan, por los “reyes” y otros dignatarios.

A medida que seguimos los diversos grados de la civilización, llegamos a convencernos de que la humanidad progresa mucho más rápidamente en cuanto a la cultura de su sentido teatral que en la cultura de sus otras cualidades espirituales. Recordemos a Grecia, donde el teatro llegó desde tiempos tempranos a ser institución de estado; donde el alto rango de embajador era confiado a un actor de talento; donde la pasión por el teatro era tan general que a menudo mujeres daban a luz en el anfiteatro. Ingenuamente, los romanos definían el sentido de la vida por la fórmula “panem et circenses” (pan y circo) y veían aparecer en la arena, junto a animales amaestrados y prostitutas, a personajes nobles tales como Nerón, Cómodo y Heliogábalo.

En el antiguo Perú como en México, las más ricas prebendas recaían en los actores, entre los cuales se hallaban príncipes, oficiales superiores y miembros de grandes familias reales. En China, el interés por el teatro es tan intenso que ningún ágape oficial es dado sin la presentación de actores; después de haber presentado una lista de cincuenta o sesenta comedias, se ponen a representar la que fue elegida por la concurrencia, haciéndose acompañar por una música ejecutada con el auxilio de bastoncillos de marfil. Y mientras en China el pueblo permanece días enteros en el teatro, comiendo y durmiendo en medio de sus niños, en Pondichery, en la India , donde las representaciones duran de cuatro a siete veladas consecutivas, un auditorio de seis a siete mil personas pasa la noche en el teatro, incapaz de desprenderse de este lugar de las más deliciosas tentaciones.

Y lo que resulta esencialmente característico de todos esos teatros primitivos, es su calidad esencialmente convencional. Todos son, en sumo grado, teatros no-realistas. Para nosotros, gente cultivada del siglo xx, acostumbrados al realismo en el escenario, admiradores del Teatro de Arte de Stanislavsky en Moscú, o del Teatro Libre de Antoine, en París, etc., ese no-realismo de los teatros hindúes o chinos, nos parece, claro está, sorprendente. Basta decir que el actor chino, representando un papel importante en una obra histórica, debe saber dar a la concurrencia la impresión de que parte a caballo tan sólo por sus gestos, sin siquiera un bastón para simular la montura. Ha de acechar tras un árbol, pero ningún árbol se encuentra sobre el tablado; toda la escena debe ser sugerida por la mímica, los gestos, los movimientos. Además, el actor chino lleva una máscara puramente convencional. Representa con una barba que en nada se parece a una barba; con un traje múltiple veces remendado y que la imaginación de los espectadores ha de embellecer para que adquiera cierta lejana analogía con la vestimenta del héroe que el comediante ha de personificar. Del comienzo al fin todo es convencional en este teatro. No obstante, los que asisten a este espectáculo creado con tanta penuria de accesorios, creen finalmente que el actor montó a caballo; que acechaba tras un árbol, que su máscara es un rostro y que este hombre es un héroe.

Es otra vez el divino instinto teatral que aquí vemos en la tarea; la concurrencia china cree en todo ello y se divierte con el espectáculo porque su instinto teatral coopera con el actor, rellena los vacíos, transforma las ridículas máscaras en solemnes y orgullosos rostros; transfigura lo convencional en nueva realidad; cuando el alma se rebela y no se somete a los hechos impuestos por la realidad desde afuera dicta sus propias leyes e impone sus propias formas. Dad tan sólo un pretexto, una alusión para el instinto teatral, y él sólo cumplirá el resto: construirá magníficos palacios en cartón, transformará en océano una pieza de tela: hará rey al miserable comediante adornado de una corona de mascarada.


 
 
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