Edición #21 Año 2007 Primer Cuatrimestre
Mayo - Agosto
ENTREVISTAS
ENTREVISTA de Silvia Peláez a Hugo Salcedo
Ciudad de México/Tijuana, mayo de 2000.
¿Cuál es el recuerdo más vívido, querido o recurrente de tu niñez? Verdaderamente que no tengo uno en particular. Recuerdo mi estancia en el jardín de niños, una escuelita atentida por unas “señoritas” bien educadas y pacientes con las que aprendí a leer y escribir. Tenía yo cuatro años y bien que recuerdo la casa acondicionada para funcionar como kinder, con un espacio amplio donde se respiraba de forma agradable gracias a un huerto de membrillos, granadas y limoneros. Recuerdo que cargábamos la sillita de ida y regreso todos los días para asistir a las sesiones escolares, y recuerdo también que la gata (que me parecía enorme) propiedad de la maestra Otilia iba y venía conmigo como regalo de esta profesora que se divertía junto con mi madre y mis hermanos al ver la forma en que este animal saltaba las azoteas para volver de regreso con su dueña. Recuerdo también mi primer viaje a Chapala, un lago apacible y fresco, con mis hermanos comiendo charales con limón y chile, y peleando por trepar a la llanta salvavidas como si en juego estuviera el triunfo sobre una fortaleza medieval, y dando sorbos a escondidas de las contadas cervezas compradas para acompañar la comida. Recuerdo la llegada de mi hermana Josefina –la mayor: me adelanta con 19 años- de los Estados Unidos en el tren que abordó en Mexicali. Tengo muy presente la estación de ferrocarril, repleta de gente y el faro acercándose sobre la vía mientras rodaban las lágrimas en la cara de doña Matilde, mi mamá, con la alegría por encontrarse con su hija después de lo que a ella le han de haber parecido cientos de años.
¿A qué jugabas cuando eras niño? A nada en especial; es decir, a lo que supongo juegan todos los niños: escondidas, adivinanzas, a contar cuentos de miedo y ver a quién se le ocurren las historias más espeluznantes. Después, en la primaria, me pasaba las tardes con mi hermana Laura jugando con monos a ir a la escuelita, a ir al trabajo. Repitiendo los patrones de los adultos. Luego llegó una fiebre por los juegos de mesa: turistas, damas, loterías, memoramas, etcétera. Después hubo una etapa de los concursos familiares de ajedrez: resulta que se organizaban torneos, con trofeo y todo, para el mejor ajedrecista; se hacían sorteos y calendarios de participación previos a la navidad. El requisito era pertenecer a la familia Salcedo y lo más importante: saber aceptar la derrota. Entonces esperábamos con ansia las fechas y el rol de contrincantes, comprábamos libros para prepararnos. Mis ídolos eran (obviamente) Karpov y Kasparov. Esta preferencia debe tener alguna relación con el hecho de que uno de mis hermanos fue alumno de Juan José Arreola en la secundaria, y era comentario normal hablar en casa de las ocurrencias locuaces de este autor jalisciense... Pero de repente me aislé, mi hermana me reclama el poco tiempo que pasamos juntos con nuestros juegos. Me daba pereza convivir con los demás de mi edad, después hasta con los adultos. Pero todo eso vuelvo a suponer es normal.
¿Qué lugares para ti son los más entrañables? Me gusta mucho estar dentro de casa. Durante los últimos trece años he cambiado muchas veces de lugar de residencia. Quizá por eso lo que más disfruto es estar en casa y a partir de allí planear viajes y aventuras, pero volviendo –por ahora- al mismo punto.
¿Cuándo decidiste que querías escribir teatro y cómo fue? ¿Recuerdas las circunstancias en que empezaste a escribir teatro? Mi hermana Martha pertenecía al taller de teatro de su preparatoria. Ella me llevó al estreno de El pescado indigesto de Manuel Galich, ella abría la representación encarnando el personaje de Ipsilila: “Veeendo filtros de amooor, deshaaago maridos molestos...”. Lo recuerdo tan bien que fue un gran impacto encontrarme al día siguiente en los tendederos de la casa su vestuario (una pesada túnica color café) en preparación para la siguiente función. ¿Cómo ese viejo traje podría convertirse en la vestimenta de una anciana alcahueta? ¡Qué valor tenían los objetos cualesquiera trasladados al espacio tridimensional del escenario! Con justa razón debo reconocer el desempeño de aquélla Ipsilila injuriosa, traicionera y déspota que crecía durante las 3 ó 4 representaciones que duró la temporada en la prepa. Pues bien, mi hermana aprobó su curso pero yo me quedé con la imagen y el deseo de encontrar el secreto de esas maravillosas transformaciones.
Entonces un día, después de no muchos años, me encontré casualmente a un amigo de la primaria quien estaba como actor en la entonces famosa Compañía de Teatro Infantil del Departamento de Bellas Artes de Jalisco. Él fue quien me llevó hasta el Teatro Experimental, a entrevistarme con el director para lograr que me diera un personaje en su ya próxima producción: Pinocho de Collodi. El director, que en aquél entonces tenía fama de gruñón y temible, al verme me autorizó para incorporarme a la coreografía del segundo acto como uno más de la docena de niños que ambientaban “La isla del placer”. Para mí significó todo un logro, pues por fin estaba yo trepado en el escenario.
Quizá valdría mencionar que mi familia siempre nos llevó al teatro como un premio, para ver los clásicos infantiles que incluso ésta importante compañía llegó a representar. Por eso ser parte ahora del elenco, aunque fuera durante doce minutos de representación, resultó un gran avance.
Después mi faceta actoral se desarrolló en otros roles, sobre todo del teatro para niños y adolescentes, hasta que vino el salto al convertirme en asistente del director con obras que participaron incluso en festivales nacionales. Enseguida vino la conformación de un grupo (“El Globo”) y de mi incipiente trabajo como director de escena con mis compañeros en la preparatoria, la incursión de varios montajes en la cartelera local con obras de la Garro, Carballido, Díaz, Campesino... con una pieza de Arguelles obtuvimos varios premios (mejor actor, mejor director y mejor grupo).
Fue entonces cuando me dispuse a escribir mis primeras piezas y a montarlas por el evidente desinterés de los directores “de trayectoria” en Guadalajara. Es decir que mi llegada a la dramaturgia sólo se desprendió una vez experimenté en otros campos de la creación escénica. De vez en cuando sigo realizando ejercicios de dirección y no precisamente de mis propios textos.
¿Por qué teatro y no otro género? El teatro me agrada por dinámico, por la urgencia temática y la rapidez en el desarrollo de la anécdota. Por otro lado, considero que no hay un género literario de incidencia social tan fuerte y directa como la que presenta el teatro.
Pero no es un género que practique de manera aislada. El ensayo me permite reflexionar (sobre la naturaleza del teatro y sobre otras cosas) y acudo a él con bastante frecuencia. De hecho tengo a la fecha tres volúmenes de ensayos, uno de los cuales me permitió obtener el premio Baja California en 1996: Telón abierto que hace referencia a la relación entre literatura y teatro, y a la composición dramática en el fin/principio de siglo.
¿Qué piensas de las etiquetas? Los membretes permiten dar nombre y clasificación a las cosas; son un principio elemental de taxonomía, permiten el agrupamiento para efectuar análisis y evaluación en un tiempo y un espacio preciso. Pero por otro lado pueden llegar a confundir pues sujetan las cualidades de una manera a veces arbitraria.
¿Cómo ves el teatro en el país? ¿Y el teatro regional? En base al famoso centralismo tan traido siempre a cuenta, se ha permitido un desequilibrado desarrollo a partir del intento de instauración de una política teatral hegemónica que mucho se aparta de las realidades regionales y que tanto hace distancia en las posibilidades de una difusión y capacitación real. Malamente se ha mencionado una y otra vez desde la actual tribuna oficialista del teatro, que México ha de desarrollarse como una “nación teatral”; esto resulta una concepcción errada y anclada en cierto estatismo unilateral pues basta ver la disímbola geografía del país y la población de lenguas tan distintas que nos conforma como mexicanos, para caer en cuenta de que se trata de una riquísima sumatoria de “naciones teatrales”. Mas sin embargo, el teatro regional ha tenido un notable impulso en décadas recientes mediante el trabajo continuado en estados como por ejemplo Oaxaca, Tabasco y Sinaloa. En la actualidad –con o sin apoyo oficial- es meritorio el trabajo efectuado en el norte del país, que encabezan dramaturgos que son en su mayoría también directores de escena: esta modalidad en apariencia necesaria para una mayor comprensión del fenómeno escénico acorde al momento histórico que vivimos. El movimiento multicéfalo conocido ya como Teatro del Norte ha podido elevar la voz de sus creadores, no sólo en la capital federal sino en otros foros de trascendencia internacional. Cuando organizábamos los distintos Coloquios de Teatro y Literatura Dramática Frontera Norte/South Border, caíamos en cuenta de la semejanza que nuestras propuestas tienen ya en Baja California o en Tamaulipas, y que radicalmente son distintas ante las firmadas en el Distrito Federal, efectivamente por los elementos comunes que hemos de compartir: geografía (desierto y montaña, principalmente), convivencia cotidiana con el país más poderoso del mundo, contaminación o intercambio lingüístico, modalidad de autogestión y un natural sentido de permeabilidad en las propuestas.
¿Qué significa ser un dramaturgo en Tijuana? No hay diferencia, creo, respecto al serlo en cualquier otro punto de nuestra geografía, a no ser que contamos con muchos menos canales de difusión y promoción autoral. Es obvio que hay desventaja en cuanto a la divulgación y toda la parafernalia que puede acompañar a un estreno en cualquier Estado, que un mismo estreno por parte de los colegas que residen en la capital. Sin embargo hemos podido aprender y crecer con esas normativas: nuestros canales de difusión se abren entonces a otras perspectivas, nuestros trabajos han de encaminarse a otros objetivos que han de rebasar el ámbito nacional. Lo anterior otorga así una sana distancia y un ejercicio auténtico en la búsqueda de un lenguaje propio y de otros caminos para la difusión de los resultados.
¿Qué piensas de los premios? Los premios son tan subjetivos que mucho tienen que ver con la oportunidad temática, la institución convocante, el lugar de procedencia del texto, la integración y confiabilidad del jurado, y –aunque parezca risible- hasta la fecha y hora de lectura por quienes emitirán su fallo. Sin embargo, en “condiciones óptimas” el premio es un verdadero estímulo y no sólo por el monto en metálico que la mayoría de las veces no ajusta para mucho, sino por el reconocimiento que implica para un dramaturgo que mediante este reconocimiento puede optar a la publicación y/o el estreno. Considero que todos los dramaturgos tenemos más de una anécdota respecto a nuestras obras en concurso; mencionaré brevemente que mi pieza El viaje de los cantores sometida a certamen nacional en México no obtuvo mas que el desprecio por parte de alguno de los jurados concertados primero por la Universidad Autónoma de Nuevo León y luego por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Sin embargo esta misma obra (sin una coma de mas o de menos), y ante un jurado internacional con más de 200 originales en el escritorio, la designó para recibir el Premio Tirso de Molina de España. Así los premios; más bien dicho, así los jurados.
¿Hubo amigos o maestros que leyeran tus obras y te ayudaran? Sin duda una de las cosas más trascendentes que pudieron sucederme, fue la posibilidad de ver mis tempranos textos sobre el escenario en una temporada regular (y en el entonces prestigiado Teatro Experimental de Jalisco, el TEJ) a merced del apoyo incondicional que recibí de mis propios compañeros de la preparatoria. Ellos fueron mis primeros lectores, mis primeros críticos, mis primeros productores y hasta mis primeros actores. Nos sumergíamos a aventuras tan descabelladas e inusitadas como la incineración de una rata viva en el esnenario, pero que permitía la afluencia o por lo menos el comentario morboso de lo que pasaba al final del segundo acto en este particular “foro romano”. Por otro lado, muy significativas fueron –lo siguen siendo- las lecturas a mis obras por parte del maestro Emilio Carballido. Su interés por mi trabajo y las anotaciones al márgen, me permitieron una búsqueda continuada, pero ante todo una mayor confianza en el oficio.
¿Consideras o has considerado estar escribiendo en contra de algo? Más que en contra, considero escribir a favor de una sociedad más justa, que considere la diversidad en todos sus órdenes como la riqueza de nuestra especie, a favor de la tolerancia y el respeto. Mi teatro está escrito también con la intención de mostrar los desastres y desequilibrios a los que se ha podido arribar, para intentar un mundo más equilibrado. Es decir, un teatro político en el sentido de que permita permear puntos de vista y confrontar diversas situaciones con el fin de que el lector/espectador pueda hacer su propia evaluación del asunto. Escribo a favor de la reflexión y la construcción de un discurso propio.
¿Tienes obras inconclusas que revises de cuando en cuando? Definitivamente no. Si ha quedado un texto inconcluso es porque para mí ni siquiera ha logrado cautivarme, ¿entonces cómo podrá engancharse el lector/espectador? Si la obra no aparece en un periodo ¿razonable? de tiempo, considero que no es meritorio insistir en esa propuesta. No puedo corregir o reescribir un texto. Lo que ya ha concluido queda acabado y punto, a pasar a otra cosa.
¿Puedes decirme algo sobre tus actos prácticos a la hora de escribir? Para escribir no tengo un horario especial. Puede llegar la necesidad a cualquier hora del día o de la madrugada y por una periodo prolongado, larguísimo, o más bien breve, pausado. No tengo un patrón sino más bien una disposición a la espontaneidad. En lo que sí puedo resultar un poco desquiciado es que no puedo escribir con personas a mi alrededor y menos que puedan llegar a observarme. Mi escritura es un acto solitario, absolutamente. Y como soy bastante distraido, lo que acostumbro en ocasiones es la música en discos compactos –de preferencia instrumental, sea clásica o no- pero no como método de “inspiración” sino para hacer menos los ruidos que puedan provenir del exterior y hasta del interior, pues el mismo sonido del refrigerador (y aunque no escribo en la cocina) es capaz de distraerme. Alguna vez llegué a fumar mientras escribía, pero sólo para sentir la postura “filosofal” del cliché de la escitura, pero lo cierto es que me vuelvo un caos entre encender el cigarro, el cenicero, la ceniza, el humo; definitivamente con sólo dos manos es imposible, y más porque siempre he de estar consultando libros, apuntes o hasta videos (y no solamente con referencia directa hacia el tema en cuestión) para poder lograr alguna escena que considere coherente. Lo que sí puede resultar mi recurrencia es el hecho de beber agua fría de continuo. Así, sencillamente, agua con hielos. Entonces las pausas de la escritura son las que me propicia la recesidad de volver a llenar el vaso o acudir –muchas veces a toda velocidad- al servicio.
¿Cómo ves ahora tus primeras obras? De plano ni las veo. Son horrendas. Tuve que hacer muchas lecturas, estudiar sistemáticamente y ante todo ver varias de mis piezas en escena para ir teniendo ciertos hallazgos. Creo que las obras más recientes ya no están tan feas.
¿Sigues algún modelo a la hora de escribir? No. Incluso intento alejarme lo más posible a los propios patrones que he aprovechado en las piezas previas. A pesar de que no estoy tan seguro de conseguir ese cometido, cuando menos creo que debo intentarlo.
¿Has escrito obras por encargo? Sí y es una maravilla, pues te asegura en la mayoría de los casos el arribo directo al escenario, en ocasiones la publicación, y a veces hasta más cosas. Durante los noventas realicé tres trabajos por encargo: Sinfonía en una botella que se estrenó en Tijuana bajo dirección de Alejandro Aura y que luego hizo una temporada muy concurrida en el Santa Catarina. En este caso fue muy agradable contar con un elenco de actores seleccionado mediante audición; de ellos “me robé” sus nombres y hasta sus apariencias físicas para la confección de los personajes a la medida. Bárbara Gandiaga vino enseguida, escrita para un grupo de Ensenada; en este caso mi interés nació a partir de la anécdota real e inmersa en la Baja California de las misiones. Aquí tuve que echar mano de la mitología de los indios pai pai y kumiai, de los asuntos de vejación y sometimiento por parte de los dominicos, y de la recuperación de la oralidad como elemento de imaginería e invención múltiple. Lamentablemente escribí esta obra durante mi residencia en Madrid y mi propuesta se alejó tangencialmente de las habilidades del grupo. De cualquier manera la obra se estrenó y amén de las publicaciones y de otro estreno que ya se avecina, existe una versión para ópera de cámara y hasta la intención firme de su traducción al coreano. Por su parte Bulevar la escribí como un encargo del Ayuntamiento de Tijuana para uno de sus colectivos. En este caso recurrí a los clásicos griegos (Homero, Esquilo y Ovidio, principalmente) para narrar una historia contemporánea: Clitemnestra es la mujer abandonada por el marido que espera proclamarse autoviuda mientras Egisto, su amante, es un taxista de ruta. Eco, su hija muda es la enamorada de Narciso que solamente tiene ojos para sí, despechando a quienes desean el favor de su amor. Creonte es el politiquillo en campaña y Hércules su guarura, quien dispara el rifle sobre Prometeo, el sublevado inconforme. Hay lugar también para la Adivina, una lectora de cartas, del café y la mano. La escritura de estas tres obras no hubiera sido posible de otra manera sin la invitación expresa de personas e instituciones que pudieron ayiudarme a delimitar los temas por medio del ajuste dramatúrgico a patrones específicos como la producción, el lugar de estreno o el reparto. Estos requerimientos permitieron sin duda navegar más facilmente por la pantalla del ordenador. Ahora los textos separados del momento escénico inicial que les propició existencia, se han desplazado con una vida independiente que ha podido encontrarse a otros lectores (textuales y espectaculares), la traducción a otras lenguas y la interpretación crítica por algunos investigadores universitarios.
¿Cuál consideras que es tu mejor obra? Sin lugar a duda que mi obra más afortunada es la reunida en el libro 10 obras en un acto, una suerte de pequeñas postales que he ido coleccionando a lo largo de los años y que en principio fueron apareciendo en varios periódicos locales y algunas revistas de difusión nacional. Son piezas dramáticas que en pequeño formato ejemplifican con mucha claridad mis preocupaciones temáticas y búsquedas estilísticas. Esta colección (que lógicamente ha ido incrementándose), considero parte de lo mejor de mi trabajo por el agradecido recibimiento entre los grupos estudiantiles que en numerosos entidades del país, han hecho diversas lecturas y numerosos programas escénicos. Inclusive en Estados Unidos y Francia, han sido obteto de valoración mediante las puestas en escena y los análisis en las clases de literatura hispanoamericana.
¿Tienes algo que decir a los dramaturgos de nuevas generaciones? Con esta pregunta se corre el riesgo de parecer aún más petulante... Pero si debo contestar, me lanzo para quizá decir en voz alta lo que yo mismo me repito de continuo: avanzar en la experimentación, en la lectura continuada, en la educación formal. No detenerse en una comodidad superflua ni en el elogio personal o en la necedad imperante. Avanzar en la defensa de los propios principios y no dejarse amedrentar por el miedo al fracaso ni por la imposición desde afuera. Ser consecuentes con una forma de vida: la propia. Defender ese punto de vista pero también abrir oídos a las opiniones de los demás.
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