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MEDEA DE EURÍPIDES BAJO LA MIRADA DEL MATRIARCADO.
POR: NATACHA KOSS.

Los estudiosos han analizado el mito de Medea desde variadas perspectivas. Desde aquéllos que han visto reflejado el caso del bárbaro dentro de la civilización griega, hasta los contemporáneos que lo han analizado sobre la base de una “masculinización” de Medea y una “feminización” de Jasón. El presente trabajo propone una relectura de dichos estudios, con el fin de sumar una nueva visión.
Matriarcado y patriarcado
La humanidad, según las investigaciones antropológicas , comenzó siendo cazadora y recolectora. En una segunda instancia, con el “descubrimiento” del cultivo del cereal, se habrían conformado las civilizaciones. El invierno ya no es sinónimo de desamparo, pues la acumulación de alimentos durante los períodos fértiles del año es posible. Las religiones agrícolas incluyeron sacrificios (humanos primeramente para luego ser reemplazados por animales) con el fin de alimentar a la Tierra, quien posibilitaba el sedentarismo y la supervivencia.
Es así como durante el paleolítico, hasta el 10.000 aproximadamente, se pueden establecer dos grupos míticos en la zona conocida como la Medialuna Fértil , en los cuales están representados los principios femeninos (lunares) y masculinos (solares). Uno sobre la base de la consideración sagrada de la Naturaleza, representado por la Gran Diosa en relación con la vida y la fecundidad, que considera la muerte como un estadio necesario para el renacimiento. El otro referido a costumbres como la caza y la recolección, donde la cacería y la matanza conforman el acto ritual; la muerte ya no es una fase, sino lo opuesto a la vida; y la fuente de la inmortalidad ya no está en la mujer que concibe, sino en el principio masculino creador. Haciendo un “salto de tigre” podemos evidenciar esto último en Grecia donde, en el canto XI de Odisea, ya no se espera ningún renacimiento.
Hacia el neolítico, el mito del cazador tiende a desaparecer, teniendo preeminencia la figura de la diosa como Gran Madre, que da origen tanto a lo femenino como a lo masculino.
Ya para el período medio de la Edad de Bronce los invasores provenientes de los Balcanes, quienes introdujeron el caballo en la península griega e iniciaron en la Grecia continental la técnica de la escritura , provocaron que gracias al progresivo decaimiento del período cretense el poder pasara a Micenas . Estos invasores serían los responsables de la inversión de valores y la incorporación de un sistema patriarcal, con lo cual quedaría además asociado lo patriarcal a la cultura del libro.
Ante este cambio social, los grupos míticos preexistentes van a entrar en conflicto, al igual que la relación entre los dioses. Si bien cada civilización elabora su propio corpus mítico construyendo así un sistema ideológico, los mitos poseen una gran inercia, por lo que conservan características de las civilizaciones anteriores. Para ver este problema, Bachofen establece cuatro fases de la humanidad sobre la base de una visión evolucionista darwiniana: el hetairismo (igualdad entre varones y mujeres; carece de instituciones y formas sociales fijas), el amazonismo (las mujeres ostentan el poder), la ginecocracia demetríaca (organización social basada en el derecho natural matrilineal) y el patriarcado (que incorpora la ley escrita y el derecho civil). En resumen puede decirse que, en el período en el que se concibe a la Tierra como la sede de la fuerza material, nos encontramos ante el derecho materno. En cambio, cuando junto a la materia surge un artífice, estamos ante el derecho paterno.
Sólo por poner un ejemplo, la figura del hijo consorte que conforma la base política de la sociedad matriarcal, se transforma durante el patriarcado en una abominación, como claramente lo demuestra el mito de Edipo. Además, en el marco de la tragedia griega, las grandes heroínas son mujeres, no hombres. Los trágicos las sacan del oikos, del ámbito doméstico, y las ponen en escena en un contexto político-jurídico, como el caso de Antígona. La huella del matriarcado despojado puede percibirse incluso en comedias, por ejemplo las revueltas de mujeres en Aristófanes, tal el caso de Lisístrata. La tragedia, dice Jaeger , revela que la mujer había sido descubierta como ser humano, por lo que su derecho a la cultura se transforma en objeto de discusiones públicas.
El patriarcado ateniense
Atenas representa el triunfo del principio patriarcal desde varios aspectos. En primer lugar la diosa que da el nombre a la ciudad, Atenea, es una diosa sin madre. Por lo tanto, según Esquilo, exceptuando el himeneo en todo se siente representada por los valores masculinos.
Por otro lado, el mito narrado por Varrón , según el cual la ciudad se vio obligada a elegir entre Posidón y Atenea y que gracias al voto femenino ganó Atenea, provocando que Posidón en represalia inundara la ciudad, justifica que la mujer sea degradada políticamente. Para calmar la ira del dios, se le infringió una triple pena al sexo femenino: la pérdida de la matrilinealidad, del derecho al voto, y de referirse a sí mismas como atenienses. Este mito, al mismo tiempo que justifica el derecho paterno, demuestra que había un orden preexistente distinto en el cual la mujer tenía, por lo menos, tanto poder como el varón.
El Estado de las Amazonas, sin embargo, correspondería ya con la preeminencia del derecho femenino. Teseo funda el nuevo estado sobre la base del derecho opuesto, y es en esta lucha entre ambos principios como surge la historia de Atenas. Por eso el mito de Teseo se muestra tan importante. El heroísmo amazónico de Antíope, según Bachofen, cambia cuando se enamora de Teseo, traiciona a su patria y sólo gracias a ella el héroe consigue conquistar la ciudad. Es fácil aquí hacer un paralelismo con Medea, ya que ella también traiciona a su ciudad y es la artífice directa de las victorias de Jasón.
El derecho materno, representado por las Erinias nace, merced a un acto violento , de la sangre y de la tierra. Es por eso que se plantea en Atenas que el derecho matriarcal ha dado al género humano tal serie de sufrimientos (por lo sanguinario), que necesariamente hubo que subordinarlo a una ley “más pura y más elevada” (Bachofen ). La época del derecho femenino es la época de la venganza de sangre y de los sacrificios humanos , mientras que la del derecho paterno es la del tribunal, tal como lo verifica Orestíada. Por eso la mujer no puede aplicar con éxito la ley superior apolínea, por ello Electra no puede vengar a su padre dentro de los tribunales.
Es en los vasos donde se registra, principalmente, la violencia asesina que se atribuye a las mujeres. Éstos pueden dividirse en tres grupos temáticos: las ménades en su ritual de sparagmós como contraposición a los sacrificios cívicos; Orfeo asesinado por las mujeres de Tracia; las amazonas en su doble alteridad de mujeres bárbaras y guerreras, combatidas por héroes civilizadores como Teseo o Heracles.
Hay especialmente un ánfora ca. 490 que representa a mujeres con atributos de ménades y amazonas simultáneamente. Allí Lissarrague reconoce el “esquema de una sociedad pensada según el modelo de la guerra, fundada en el antagonismo y la violencia, pero remitida a los tiempos míticos de la Atenas de los orígenes, cuando las mujeres eran autónomas, de manera monstruosa a los ojos de los tiranos” . Lo llamativo, además, es que las amazonas y las ménades se representan más a menudo en vasos específicamente para beber vino y no en ánforas. Si consideramos que los autorizados para beber vino diariamente eran los hombres, podemos concluir que estas representaciones eran para ellos.
En cuanto a las relaciones matrimoniales patriarcales, se basan en un acuerdo formal (engyé) entre el novio y el padre de la novia, acuerdo al que se asocia la entrega de una dote. Para definir las funciones de los esposos en la familia, Jenofonte en Económica parte de la idea de abrigo (stegos), es decir, de no vivir a la intemperie como las bestias. A los humanos les hace falta un techo, y éste es el que separa las funciones complementarias de los sexos. El interior es el lugar de la mujer, quien se encarga de administrar los alimentos. El exterior es el lugar del hombre, donde cultiva, caza, etc. El matrimonio, por lo tanto, se delinea como una comunidad de bienes, de vida y de cuerpos. Si bien es una unión monogámica, la exclusividad sexual dentro de la pareja rige únicamente para la mujer. El hombre sólo asegura que la dueña de casa tendrá siempre preeminencia sobre las demás mujeres. Esto es justamente lo que Medea le reclama a Jasón, pues él ha tomado una nueva esposa, desconociendo la unión anterior.
Medea según Eurípides.
Eurípides presenta Medea en 431, coincidiendo con el inicio de la guerra del Peloponeso. Para entonces el movimiento de los sofistas nacido durante la época de Pericles, al situar al hombre como medida de todas las cosas, engendra un relativismo sobre la base de la oposición entre lo que es bueno según la naturaleza (naturalistas) y lo que es bueno según la ley (idealistas). La crisis generacional que provocó la guerra dividió las aguas entre quienes anteponían las necesidades de la polis a las individuales, y los que invertían estos valores. Cuestiones de actualidad se pusieron en escena conformando, según Jaeger , un proto-realismo burgués. Junto a la retórica (en su introducción del lenguaje cotidiano a escena) y a la filosofía, conformaron las principales novedades de la poética de Eurípides. Continúa este pensamiento Medina González, quien afirma que “En las tragedias realistas, como Medea y Electra, los dioses son irrelevantes, y es el hombre quien domina la acción y lleva a cabo la peripecia trágica” . Esto se basa en el progresivo descreimiento de los griegos de sus dioses, tal como lo insinúa Protágoras en un pasaje citado por Lesky: “Acerca de los dioses, yo nada puedo saber, si existen o si no existen, o cómo son, porque hay muchos obstáculos que se oponen a comprobarlo, su invisibilidad y la vida tan breve del ser humano.”
Eurípides establece así nuevas relaciones del hombre con la divinidad, reemplazando el poder de los dioses por el de la Tyche. Éste sería otro concepto de divinidad, no ya contra la tradición sino a favor de fuerzas cósmicas. Sin embargo, la profanación del mito es uno de los aspectos del autor que genera rechazo entre sus contemporáneos.
La representación de Medea se dio en el marco del arcontado de Pitodoro, en el 1er año de la Olimpíada 87. La tetralogía estaba conformada por Medea, Filoctetes, Dictis y el drama de sátiros Los recolectores.
El mito de los Argonautas ya había sido narrado por Apolonio de Rodas, y la primera documentación que tenemos de Medea viene de Hesíodo (vv. 958 a 962):
Y Eetes, Hijo de Elios que a los mortales alumbra,
desposó a una hija de Océano, el río que en sí mismo termina,
por voluntad de los dioses, a Idía de bellas mejillas;
y ésta a Medea de bellos tobillos le procreó, en amor
sujetada por obra de la áurea Afrodita
Sin embargo, el origen del mito es discutido porque responde a dos épocas: Nilsson ubica la expedición de los Argonautas en la época micénica, mientras que Philippson sostiene que se registra anteriormente en Tesalia como fusión de lo autóctono con el aporte mediterráneo. Kirk también afirma que se trataría de un mito anterior, ya que el nombre Jasón “no está en el mismo nivel de los héroes legendarios más jóvenes como Agamenón o Aquiles, pero en cierto sentido su diversidad es típica de la dificultad en distinguir rasgos antiguos y jóvenes en los temas de los complejos míticos demasiado elaborados.”
La leyenda de Medea ha sido entonces modificada por las diversas versiones que circularon del mito. Tal es así que la fábula primitiva era completamente independiente de la muerte de Pelias a manos de sus hijas, por instigación de Medea.
En cuanto a tragedias anteriores sobre la base del mismo mito, el único registro que se conserva alude al poeta Neofrón.
Los análisis que se han realizado sobre la obra pueden dividirse a grandes rasgos en cuatro grupos: primeramente están los que consideran a Eurípides un misógino y ven en esta obra una demonización de la mujer a través del desenfreno de la pasión. Dodds afirma que la impronta irracional está en la base del ser humano y posteriormente la cultura intentó refrenarla, aunque los clasicistas tradicionales afirman que lo irracional es oriental. Si puede afirmarse que el mito de Dioniso es un mito conciliador, ya que lo irracional de Dioniso viene de Asia y se asienta en la polis, en el caso de Medea esto no es tan claro. Ella también proviene de una región asiática pero nunca consigue desprenderse del estigma de ser extranjera. Como bárbara y como mujer, cae presa de la pasión y sus impulsos irracionales vencen. Es aquí donde algunos exegetas interpretan las acciones de Medea como maléficas, ya que es plenamente consciente de sus actos y decide cometerlos, y colocan como esencia de la tragedia el tema de la venganza desenfrenada. Al respecto, Jaeger afirma que las mujeres atenienses estaban lejos de ser Medeas ya que “eran para ello demasiado toscas y oprimidas o demasiado cultivadas. De ahí que el poeta escoja a la bárbara Medea, que mata a sus hijos para ultrajar a su desleal marido, para mostrar la naturaleza elemental de la mujer, libre de las limitaciones de la moral griega” . En el conflicto entre el egoísmo sin límites del hombre y la pasión sin límites de la mujer, Jaeger reconoce en esta obra un drama de su tiempo. La antítesis entre la razón y la pasión en la vida humana es evidente, al igual que los problemas de la responsabilidad y la culpa, a los cuales Aristóteles estudia a partir del concepto de voluntad.
Pero esta acumulación de valores negativos en la mujer necesita de una relectura. Al violar Jasón los lazos matrimoniales que lo unían a Medea, ha alterado no sólo el microcosmos sin también el macrocosmos. Dice el coro:
Las aguas de los ríos sagrados fluyen hacia
arriba, y el justo orden de las cosas y todos los valores
se han trastornado. Son engañosas las decisiones entre
los hombres y ya no tiene validez la fe prometida en el
nombre de los dioses. Pero los relatos acerca de la condición
de la mujer cambiarán mi existencia para que tenga
gloria; el honor llega al linaje femenino. Ya no pesará
sobre las mujeres una reputación maliciosa (vv. 410 a 420)
Además, los estudiosos coinciden en que el Jasón que con sus sofismas quiere marcar con el sello de la inteligencia y de la prudencia el acto de su deslealtad, aparece inferior a Medea, ya que ella rechaza la ayuda que éste le brinda y no ahorra en reproches. Eurípides convierte a Jasón en un cobarde oportunista para hacer de Medea una figura trágica. Y es este varón, tan degradado, el que tiene a cargo los parlamentos más evidentemente misóginos: Sería necesario que los hombres engendraran hijos de alguna otra manera y que no existiera el sexo femenino; así, por cierto, ninguna imperfección habría para los seres humanos (vv. 572 a 575).
Si tenemos en cuenta a Ricoeur , es el punto final el que nos ayuda a comprender la totalidad de la pieza, y en este caso Medea es la que sale triunfante. No sólo cumple su cometido, sino que además no es castigada por ello; al contrario, gracias a Egeo, termina refugiándose en Atenas, lo que sería casi un premio. Con esto no se está afirmando que Eurípides no sea misógino, sino que no se lo puede considerar así a causa de esta obra.
Dentro de un segundo corpus de análisis y partiendo de Denys Page , están los que ven en Medea una problematización del bárbaro. Cecilia Ames, en una conferencia aún no editada , afirma que el discurso sobre el Otro es un discurso de autodefinición. En Homero el término “barbarófonos” es peyorativo, en Heráclito las lenguas bárbaras no comprenden el lógos sino que tienen un razonamiento diferente. Durante la guerra contra los persas, los bárbaros se instituyen como la antítesis de lo griego, siendo Herodoto el que construye en ellos el otro absoluto. Es así como los persas se transforman en un enemigo permanente y la barbarie en un concepto político, merced al cual Atenas conserva y explota el privilegio de ser líder de la Hélade, con el poder político y económico que ello implica. La tragedia conforma así, además, una demostración de superioridad cultural ante las demás póleis. Si tenemos en cuenta que el conflicto que trabaja la tragedia no es nunca individual sino que afecta al bienestar y al equilibrio de la pólis en su conjunto, el restablecimiento del cosmos con el que suelen finalizar, se reemplaza en Medea por una completa y revulsiva conmoción de la escala de los valores cívicos.
Además, Medea posee rasgos heroicos desde que aparece en escena: no tolera las injusticias, sus decisiones son irreversibles y nadie puede disuadirla, está preocupada por su prestigio personal, aspira a una areté heroica aún cuando es mujer, etc. Asimismo es calificada en varias oportunidades como sabia (sophé), tanto por ella misma como por el resto de los personajes, incluido el coro. Por lo tanto, en su triple condición de mujer heroica, sabia y extranjera, conforma un ser radicalmente otro para esta sociedad que la siente como una amenaza y le teme. Creonte mismo admite que le tiene terror. Guelerman considera al respecto dos interpretaciones: como el temor hacia la fuerza oculta y violenta que es la mujer en tanto ser desconocido para la sociedad patriarcal, o bien como la fuerza oculta y violenta de esos seres silenciados y/o marginados.
En tercer término estarían aquellos que ven en Jasón y Medea una inversión de los valores masculinos y femeninos. Por un lado, la misma Medea replica: ¡Oh, el más malvado, te lo digo porque puedo manifestar eso con mi lengua como el más grande insulto para tu falta de hombría! (vv. 464 a 466). Por otro, como dijimos anteriormente, Medea aspira a una areté heroica, que es exclusiva de los varones. Ambos estarían inmersos en un ciclo de persecución y lucha, típico de las escenas de caza. Tomando a Vidal-Naquet como referente, podríamos decir que coinciden con los modelos de la pantera y del cazador negro. Medea sería una cazadora negra que vence gracias a la astucia y al engaño, lo que se ve en los asesinatos de Glauce y Creonte. Jasón sería, según Racket , un cazador negro fracasado ya que, en los distintos mitos en los que interviene, se evidencia una prolongación de la efebía merced a la ayuda de Medea y una imposibilidad de incorporarse al grupo social, imposibilidad de convertirse en hoplita. Recordemos que los ritos de iniciación para pasar a la adultez, incluían la caza. Sin embargo, si tenemos en cuenta que “Las formas de combate que habían sido durante mucho tiempo patrimonio de los jóvenes, de los prehoplitas, de los combatientes de la noche, se impone poco a poco a todos durante la Guerra del Peloponeso y más aún en el siglo IV, cuando el mercenario sustituye poco a poco al soldado-ciudadano” , podríamos deducir que Medea se masculiniza y Jasón pasa a ser un hoplita. Habría que considerar, además, el valor negativo que eso conlleva ya que Eurípides puede introducir aquí una crítica al cambio que se intuye por la nueva guerra (recordemos que la obra se estrena con el inicio de la misma).
Finalmente, y en cuarto término, se encuentran aquéllos que proponen una lectura merced a la cual, gracias al deus ex machina, Medea aparece al final como un ser más divino que humano. Ahora pueden comprenderse sus actos, ya que los dioses (según la visión trágica) no son buenos sino poderosos y el hombre está indefenso ante ellos. Toda la pieza se convertiría así en un ritual de iniciación de la protagonista. Guelerman considera que esto se anticipa a lo largo de la obra, ya que Medea utiliza el lenguaje imperativo propio de los dioses, además de comportarse con la soberbia y la crueldad de ellos.
Aquí entraría en juego el asesinato de los niños. Una de las interpretaciones dice, retomando el discurso de la propia Medea, que si ella no mata a sus hijos, los van a matar los corintios porque dieron los regalos envenenados. Otras interpretaciones demuestran que no es visto meramente como un filicidio sino como un sacrificio ritual y la misma Medea así lo dice antes de darles muerte: Le preocupará a quien no es lícito que esté presente en mis sacrificios. Pues no haré perder resolución a mi mano (vv. 1053 a 1055). Si bien esto está relacionado con los mitos de Ino y Procnoe atribuidos al Bronce antiguo, donde los sacrificios servían para aplacar la ira de algún dios, cobra mayor importancia el más reciente mito de Ifigenia. No sólo corrobora la continuidad del pensamiento, justificando el sacrificio al poner a la comunidad por encima del individuo, sino que lo que une tanto a Ifigenia como a Medea es la presencia de Ártemis.
En cuanto a los dioses que exigen sacrificios humanos, la que tiene una referencia directa dentro de la obra es Ártemis, quien una versión del mito la considera hija de Deméter. Prototipo de la doncella virgen que se complace en la caza, es la protectora de las Amazonas y de todas las mujeres independientes del yugo del hombre. Esta diosa es convocada por Medea: ¡Oh gran Temis y Ártemis venerada! ¿Veis que dolores padezco, aunque estoy amarrada con grandes juramentos a un marido malvado? (vv. 167 a 169). También se autodefine como consagrada a Hécate, quien según Grimal es una diosa afín a Ártemis y no posee mito propiamente dicho. Se la considera como la divinidad que preside la magia y los hechizos. Dice Medea: Pues por mi señora a la que yo reverencio muchísimo entre todos y a la que preferí como colaboradora, por Hécate, que habita en las partes más recónditas de mi hogar, ninguno de ellos, riéndose, causará pesadumbre a mi corazón. (vv. 395 a 399).
Pero la relación con Ártemis podría sintetizar además las otras consideraciones sobre Medea ya que, por un lado, esta diosa rige a los cazadores y por lo tanto al pasaje de efebos a hoplitas; y por otro lado, debido a su origen, conforma junto a Dioniso la figura del extranjero en el sentido de Otredad. Dice Vernant que “... si bien los antiguos a veces la calificaban de xéne, extranjera, ese término no se refiere tanto a su origen no griego como, al igual que en el caso de Dioniso, a la ‘foraneidad’ de la diosa, a su distancia de los demás dioses, a la alteridad que representa.”
Medea y el matriarcado.
Hasta aquí se ha dado cuenta de las distintas interpretaciones con respecto a Medea, por lo que ahora se intentará una nueva lectura.
En primer lugar, si ampliamos el desarrollo del mito de Ártemis, podremos ver que esta diosa incluye características muy particulares. La primera de ellas, según afirma Otto , es que se trata de la única deidad a la cual Homero da el epíteto de hagné, que significa puro y santo a la vez. Junto con su hermano gemelo Apolo, se mantienen en una misteriosa lejanía, son inaccesibles. Así como Apolo está relacionado con el culto solar, Otto asevera que “no cabe duda de que en tiempos remotos se la veía [a Ártemis] en la Luna, así como posteriormente se la veneraba por doquier como diosa lunar (...) y en las leyendas de fundaciones muestra a los colonos el camino hacia el lugar donde deben construir la nueva ciudad.” Si bien Grimal no coincide con esta lectura y afirma que en la Hélade se la veneraba como Cazadora, reconoce su primitiva relación con el culto lunar. Además es, como dijimos, una diosa que viene de Asia y que exige sacrificios humanos. Se suma a lo antedicho el hecho de que “hacíase de Ártemis la protectora de las Amazonas.” Esto nos permite afirmar que es una diosa con gran cantidad de características matriarcales.
Cuanto más antiguo es un pueblo, más elevado está en la religión el principio femenino de la Naturaleza con el poder y la autoridad de la mujer. La ginecocracia es la herencia de aquellos pueblos que, según Bachofen, Estrabón describe como bárbaros. Vemos aquí que ambos aspectos aparecen en el caso de Medea: por un lado es vista como extranjera ya que su origen está en la Cólquide. Por otro, cuando hace jurar a Egeo, el héroe salvador, lo hace en primer lugar por el suelo de la Tierra, y por Helios, padre de mi padre, e incluyendo al mismo tiempo a toda la progenie de los dioses (vv. 746-748). Vemos aquí que, inversamente a lo que se podría pensar desde el sistema patriarcal, no es a Zeus a quien se invoca en primer término sino a Gea. En segundo lugar se invoca al Sol, pero por su relación de parentesco con Medea. Y recién en tercer lugar se remite a los demás dioses.
Otro aspecto a tener en cuenta es el matrimonio violado. Medea asegura que de todas las cosas vivientes y que tienen pensamiento, nosotras las mujeres somos las criaturas más desdichadas. En primer lugar es necesario que compremos un esposo a un precio extravagante y haber conseguido un amo para nuestro cuerpo; de hecho ese mal es todavía más doloroso que el otro (vv. 229-234). Aquí claramente se está aludiendo a la dote, pero surge un problema. Medea no fue entregada a Jasón sino que huyó con él. No existió tal dote, por lo que tendríamos que pensar que Eurípides está nuevamente haciendo aquí una crítica a la sociedad en la que vivía. Sin embargo, podríamos considerar que la dote la otorgó la misma Medea en forma de vellocino de oro. De esta manera estaría, en un aspecto, autonomizándose de la dominación paterna.
Esto nos da pie para pensar el desarrollo del mito. Según Bachofen, el primer encuentro entre el mundo griego y el asiático se representa como una lucha entre el principio afrodítico-hetarítico y el heraico-matrimonial, ya que la causa de la guerra de Troya se reduce a la violación del tálamo. “Por todas partes aparece el ataque al Derecho de la mujer, que provoca su resistencia y arma su brazo, primero para defenderse, y luego para vengarse sangrientamente.” El mismo ciclo podemos encontrarlo en Medea ya que, ante el perjurio de Jasón, cuestiona los derechos de la mujer dentro del matrimonio y de la polis; debate cuando dice porque la ruptura de los convenios matrimoniales no son respetables para las mujeres, y no nos es posible repudiar al marido (vv. 235-238). Medea actuó bajo las leyes y dioses patriarcales pero se vio defraudada. Se lo recrimina a Jasón cuando dice: Está desaparecida la garantía de los juramentos y no puedo saber si crees que los dioses de antes ya no tienen vigencia o que en la actualidad están establecidas nuevas costumbres entre los hombres, porque sabes muy bien por cierto que no estás de acuerdo con tu propio juramento para conmigo (vv. 491-495). E invoca para el castigo del hombre a Hécate, Ártemis y Temis; recién en cuarto lugar llama a Zeus.
Sobre las primeras dos ya se ha hecho referencia. En cuanto a la tercera, se trata de “la diosa de la Ley, pertenece a la raza de los Titanes” , madre tanto de Astrea (la Justicia) cuanto de las Parcas. Pertenece a la misma generación de las Erinias, por lo que puede considerarse como una diosa antigua. Bachofen asegura que “donde permanece la ginecocracia se exaltará la justicia y la sabiduría; donde ésta sucumbe, dominación y potencia forman el objetivo y el fundamento de la vida jurídica.” Nosotros ya vimos que Medea es considerada sabia tanto por ella misma como por los demás, aspecto que se explicita cuando replica a Creonte sobre la inconveniencia de instruir demasiado a los hijos, pues si empleas nuevas habilidades, a los de poco alcance parecerás haber nacido inútil e ignorante. Y, al contrario, les parecerá que eres causa de ofensas, si fuiste juzgado en la ciudad como superior a los pocos que parece que saben una variedad de cosas. Y yo misma comparto esta fortuna, pues, por ser sabia, para unos soy odiosa y para otros, en cambio, lo contrario (vv. 298-303). Ahora comprobamos que su clamor es por la Justicia, por el cumplimiento de los juramentos. Por lo tanto los dos aspectos que Bachofen resalta de la ginecocracia corresponden a los atribuibles a Medea.
Otro punto a considerar sería los actos de hybris de Medea, que se enumeran pero en ningún momento son castigados. Por haber asesinado a su padre y a su hermano, es decir, por haber cometido un crimen dentro del clan de sangre, correspondería que las Erinias la persiguieran y vengaran esas muertes. Sin embargo la presencia de estas diosas sólo se insinúa en el coro cuando clama, antes de que Medea mate a los niños, ¡Ponle fin, oh luz nacida de Zeus, impídeselo, quita de su casa a la desdicha y sanguinaria Erinia enviada por las divinidades vengadoras! (vv. 1256-1260). Nótese además que la única vez que se hace referencia a las Erinias, sus epítetos son los mismos que los que caracterizaron a Medea a lo largo de la obra: desdichada y sanguinaria. Las acciones de Medea se asemejan así mucho más (sobre todo por las consecuencias para ella) a una desmesura divina que a un desenfreno mortal, transformándose en inescrutables.
Haciendo una recapitulación, se pueden verificar varios aspectos de la cultura matriarcal que están relacionados con Medea, lo que permite pensar, no ya en una masculinización de su figura, sino en una reivindicación del derecho materno.
Un último aspecto a tener en cuenta, es que Eurípides es quien incorpora al mito el que Medea mate a sus hijos. En versiones anteriores, o eran lapidados por los corintios pues habían entregado los regalos envenenados, o Medea se los llevaba en su huida. Ni siquiera la leyenda de Pelias, como ya se dijo, estaba incluida. El mitema constaría de la ayuda que Medea brinda a Jasón para vencer las pruebas, el abandono y la venganza. Si bien Medea no era una figura absolutamente positiva, podríamos pensar que el aspecto netamente maléfico se lo da Eurípides al convertirla en filicida, plenamente consciente de sus actos. Si aceptamos esto, podríamos pensar que estamos una vez más en presencia de la lucha entre dos sistemas de poder, uno patriarcal y otro matriarcal. El primero con la forma de un héroe (Jasón) que viola un juramento gracias a la complicidad de un rey (Creonte), bajo la mirada indiferente de los dioses. El segundo, con la figura de Medea, quien se va triunfante en el carro que Helios le regaló hacia Atenas, llevándose con ella los cadáveres de sus hijos (algunas versiones del mito dicen que con la intención de volverlos a la vida, cosa que finalmente no logra). Jasón se queda en Corintio, teniendo que hacerse cargo de otros dos cadáveres: su esposa y su suegro. Al contrario del caso de Orestíada, la mujer es ejecutora de su propia venganza y no se la castiga por ello. Volviendo a Ricoeur , en esta obra el punto final nos obliga a considerar que, tal vez, este mito hable del triunfo del derecho materno, razón por la cual ha sido demonizado.
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Lévi-Strauss, C., Antropología estructural, Buenos Aires, Eudeba, 1984.
Se trata de una región que, como indica su nombre, tiene forma aproximada de media luna. Su parte este es lo que podríamos llamar Canaán. La costa de Canaán recibe el nombre de Palestina al sur y Fenicia al norte, si bien estos nombres están relacionados con pueblos que habitarían la región posteriormente. La media luna fértil avanza hacia el este por el llamado corredor sirio y luego desciende hacia el sur siguiendo el curso de dos ríos que fluyen paralelamente: el Éufrates y el Tigris, que finalmente se unen poco antes de desembocar en el Golfo Pérsico.
Si bien la mayoría de los estudiosos tienden a considerar correcta esta afirmación, es discutible. Los mitos y la tradición refieren la escritura griega, al menos el alfabeto, en conexión con los fenicios. Marshall McLuhan, retomando a Harold Innis, sostiene que fue Cadmo quien introdujo el alfabeto fonético en Grecia. Cf. McLuhan, M., “Cómo Harold Innis fue el primero en demostrar, el alfabeto es un agresivo y militante absorbedor y transformador de culturas” en La galaxia Gutemberg.
Bauzá, H.F., Voces y visiones. Poesía y representación en el mundo antiguo, Buenos Aires, Biblos, 1998, p. 95 y ss.
Bachofen, J.J., El matriarcado. Una investigación sobre la ginecocracia en el mundo antiguo según su naturaleza religiosa y jurídica, Madrid, Akal, 1987.
Jaeger, W., Paideia, México, FCE, 1962.
Bachofen, op. cit., p. 141.
Esta Atenea es la que tiene como madre a Metroon, anterior al mito que la ubica como nacida de la cabeza de Zeus.
La castración de Urano por parte de Cronos.
Bachofen, op. cit., p. 170.
Bachofen afirma que Plutarco destaca la pasión de las mujeres por las costumbres crueles y bárbaras. La mujer, sanguinaria y nociva en el poder, se convierte en una bendición para la Humanidad cuando está subordinada al hombre (p. 181 y ss.)
Se encuentra en el Museo Nacional de Atenas y es de alabastro de fondo blanco. Piot 26. Tab. 3.
Lissarrague, F., “Una mirada ateniense”, en Duby, G. y Perrot, M., (eds.) Historia de las mujeres en occidente, Madrid, Taurus, 1991, p. 242.
Cf. Foucault, M., Historia de la sexualidad. El uso de los placeres, Buenos Aires, Siglo XXI, 1996.
Medina González, A., Traducción y estudio crítico de Eurípides, Tragedias, vol. 1, Madrid, Gredos, 1977, p. 53.
Lesky, A., Historia de la literatura griega, Madrid, Gredos, 1973, p. 163.
Se ha trabajado con la versión de Paola Vianello de Córdova, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1986, vv. 958 a 962.
Nilsson, M.P., The Mycenaean Origin of Greek Mythology, Berkeley, University of California Press, 1932.
Philippson, P., Origini e forme del mito greco, Torino, Boringhieri, 1983.
Kirk, G.S., La naturaleza de los mitos griegos, Barcelona, Labor, 1992, p. 134.
Dodds, E.R., Los griegos y lo irracional, Madrid, Alianza, 1980.
Jaeger, op. cit., p. 313.
Salvo que se indique lo contrario, se referirá a Eurípides, Medea, versión de César Guelerman, Buenos Aires, Bilbos, 2004.
Ricoeur, P., Tiempo y narración, vol. 1, México, Siglo XXI, 2002.
Me refiero a la traducción y comentario que hizo de Medea en 1938.
Conferencia dada en el marco de las VII Jornadas sobre el imaginario en el mito clásico, realizadas en la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, el 01 IX 2006.
Vernant, J-P. y Vidal.Naquet, P., Mito y tragedia en la Grecia antigua, vol. 1, Barcelona, Paidós, 2002.
Racket, A.F., Eurípides .Medea. Una introducción crítica, Buenos Aires, Santiago Arcos editor, 2005.
Vidal-Naquet, op. cit., p. 165.
Grimal, P., Diccionario de la mitología griega y romana, Buenos Aires, Paidós, 2001.
Vernant, J-P., La muerte en los ojos. Figuras del Otro en la antigua Grecia, Barcelona, Gedisa, 2001, p. 22.
Otto, W.F., Teofanía, Buenos Aires, Eudeba, 1978.
Bachofen, op. cit., p 58.
Grimal, op. cit., p. 500.
Bachofen, op. cit., p. 157.
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