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dramateatro revista digital - Edición de Prueba 2 Octubre/Diciembre año 1999
revista de investigación y creación teatral
República Bolivariana de Venezuela

Maracay, Estado Aragua

PRIMERA REVISTA DIGITAL DE TEATRO EN VENEZUELA 

SAMUEL BECKETT: MENOS EQUIVALE A MAS
La primera novela francesa del autor de Esperando a Godot le sirve
de entrada a Paul Auster para recorrer el largo camino
del despojamiento radical del lenguaje beckettiano y la creación
de una de las formas de la poesía contemporánea más lúcida
e intransigente, cuya máxima dice: "menos equivale a más".
Samuel Beckett:

DE PASTELES A PIEDRAS

Por Paul Auster

Mercier y Camier fue la primera novela de Samuel Beckett escrita en francés. Terminada en 1946 y retenida para su publicación hasta 1970, es asimismo la última de sus obras traducida al inglés. Tanto retraso parecería indicar que Beckett no le tiene demasiado afecto al libro. Si no se le hubiera concedido el premio Nobel en 1969, de hecho, es probable que Mercier y Camier jamás se hubiera editado. Esta reticencia por parte de Beckett es de algún modo incomprensible ya que aunque Mercier y Camier es a todas luces un trabajo de transición, que a la vez que se remonta a Murphy y Watt, mira hacia adelante a las obras maestras de los primeros años cincuenta, se trata sin duda de un libro brillante, con sus poderes y encantos particulares, no reproducidos en ninguna de las otras seis novelas de Beckett. Pese a que no está en su mejor forma, Beckett sigue siendo Beckett, y leerlo es leer a alguien sin parangón.

Mercier y Camier son dos hombres de indeterminada edad madura que deciden dejar todo tras ellos y emprender un viaje. Como los Bouvard y Pécuchet de Flaubert, como Laurel y Hardy, como las otras pseudoparejas en la obra de Beckett, no son tanto personajes separados sino dos elementos de una doble realidad, y ninguno puede existir sin el otro. Jamás se establece el propósito de su viaje ni se específica su destino.

Se habían consultado entre sí exhaustivamente, antes de embarcarse en este viaje, sopesando con toda la calma a su disposición los beneficios que podrían esperar de él, qué infortunios cabría temer, turnándose respecto al lado oscuro y al Prometedor. La única certidumbre que obtenían de estos debates era la de no ponerse en marcha a la ligera, rumbo a lo desconocido.

Beckett, maestro de la coma, logra con estas pocas frases cancelar cualquier posibilidad de meta. Con la mayor sencillez Mercier y Camier acuerdan encontrarse, se encuentran (al cabo de una dolorosa confusión) y parten. Que nunca lleguen realmente a ninguna parte y que sólo en dos ocasiones, de hecho, crucen los límites del pueblo, no impide en forma alguna el desarrollo del libro. Ya que éste no trata de lo que hacen Mercier y Camier; trata de lo que son.

Nada sucede. O, más bien, lo que sucede es lo que no sucede. Armados con utilería de vodevil: paraguas, saco e impermeable, los dos héroes vagan por el pueblo y la campiña circundante, topándose con diversos objetos y personajes: se demoran con frecuencia y detenimiento en todo un surtido de bares y sitios públicos; se asocian con una bondadosa prostituta llamada Helen; matan a un policía; pierden gradualmente sus pocas pertenencias y se separan. Estos son los acontecimientos externos, narrados con precisión, ingenio, elegancia y pathos, y entremezclados con hermosos pasajes descriptivos ("El mar no queda lejos, se alcanza a ver más allá de los valles que desaparecen hacia el este, pálido ladrillo tan pálido como el pálido muro del cielo"). Pero la verdadera sustancia del libro yace en las conversaciones entre Mercier y Camier:

Si no tenemos nada que decir, dijo Camier, no digamos nada. Tenemos cosas que decir, dijo Mercier. ¿Entonces por qué no podemos decirlas?, dijo Camier. No podemos, dijo Mercier. Entonces callemos, dijo Camier. Pero lo intentamos, dijo Mercier.

En un célebre pasaje de Conversaciones sobre Dante, Mandelstam escribió: "El Infierno y especialmente el Purgatorio glorifican el paso humano, la medida y el ritmo del caminar, el pie y su forma... En Dante filosofía y poesía están siempre en movimiento, siempre de pie. Aun el alto es una variante del movimiento acumulado; crear un lugar para que la gente se pare y hable entraña tanta dificultad como escalar un Alpe." Beckett, uno de los mejores lectores de Dante, ha aprendido estas lecciones con cabal minuciosidad. Casi misteriosamente, la prosa de Mercier y Camier avanza a un paso caminante, y al cabo de un rato se empieza a tener la clara impresión de que en algún punto, profundamente enterrado en las palabras, un silencioso metrónomo lleva el compás de los deambuleos de Mercier y Camier. Las pausas, los hiatos, los súbitos cambios de conversación y descripción no alteran este ritmo sino, más bien, ocurren bajo su influencia (que ha sido ya firmemente establecida), de tal modo que su efecto no es de interrupción sino de contrapunto y de cumplimiento. Una extraña quietud parece envolver cada frase del libro, una suerte de gravedad o calma, de tal manera que entre cada oración el lector siente el transcurso del tiempo, los pasos que continúan avanzando aun cuando no se dice nada.

Sentados en la barra discurrían sobre esto y aquello, fracturadamente, como era su costumbre. Hablaban, callaban, se escuchaban el uno al otro, dejaban de escuchar, cada uno según su antojo lo que le dictara su fuero interno.

Esta noción del tiempo, por supuesto, se relaciona directamente con la noción de compás, y no parece accidental que Mercier y Camier sea el inmediato predecesor de Esperando a Godot en la obra de Beckett. De alguna forma puede tomarse como un calentamiento para la pieza teatral. La burla de teatro de variedades, perfeccionada luego en los textos dramáticos, está ya presente en la novela:

¿Qué van a tomar?, dijo el cantinero.
Cuando lo necesitemos se lo haremos saber, dijo Camier.
¿Qué van a tomar?, dijo el cantinero.
Lo mismo de antes, dijo Mercier.
No le han servido, dijo el cantinero.

Lo mismo que el caballero, dijo Mercier.
El cantinero miró el vaso vacío de Camier.
No recuerdo qué era, dijo.
Yo tampoco, dijo Camier.
Yo nunca lo supe, dijo Mercier.

Pero mientras que Esperando a Godot está sustentada en el drama implícito de la ausencia de Godot -una ausencia que gobierna el escenario con el mismo poder que cualquier presencia-, Mercier y Camier evoluciona en un vado. De un momento a otro, es imposible prever lo que sucederá. La acción, que no es animada por tensión o intriga alguna, parece tener lugar contra un fondo de silencio casi absoluto, y todo lo dicho es dicho en el preciso instante en que ya no hay nada que decir. La lluvia predomina en el libro, del primer párrafo a la última frase ("Y en la oscuridad él también podía oír mejor, podía escuchar los sonidos de los que el largo día lo había abstenido, murmullos humanos por ejemplo, y la lluvia sobre el agua") -una eterna lluvia irlandesa a la que se le confiere el status de idea metafísica, y que crea una atmósfera que oscila entre el tedio y la angustia, entre lo amargo y lo jocoso. Al igual que en la obra de teatro, se derraman lágrimas, pero más por el conocimiento de la futilidad de éstas que por la necesidad de purgar una pena. Asimismo, la risa es meramente lo que pasa cuando las lágrimas se han agotado. Todo prosigue, decayendo despacio en la quietud del tiempo, y a diferencia de Vladimir y Estragón, Mercier y Camier deben resistir sin ninguna esperanza de redención.

La palabra clave en todo esto, creo, es desahucio. Beckett, que comienza con poco, termina aún con menos. El movimiento en cada una de sus obras es hacia una especie de alivio, por el que nos conduce a los límites de la experiencia -a un lugar donde los juicios estéticos y morales se vuelven inseparables. Este es el itinerario de los personajes en sus libros, y también ha sido su propio progreso como escritor. De la prosa exuberante, intrincada y distinguida de More Pricks than Kicks (1934) a la desolada austeridad de The Lost Ones (1970), ha ido reduciéndose gradualmente a lo medular. Su decisión treinta años atrás de escribir en francés fue sin duda el punto nodal de este progreso. Se trató de un acto casi inconcebible. Pero de nuevo, Beckett no es como otros escritores. Antes de ser realmente reconocido, tuvo que prescindir de lo que le resultaba más fácil, luchar contra su propia habilidad como estilista. Después de Dickens y Joyce, quizá no hay un escritor inglés de los pasados cien años que haya igualado la prosa temprana de Beckett en cuanto a vigor e inteligencia; el lenguaje de Murphy, por ejemplo, es tan compacto que la novela posee la densidad de un breve poema lírico. Al cambiar al francés (un idioma, como Beckett ha señalado, que "carece de estilo"), voluntariamente empezó de nuevo. Mercier y Camier se ubica en la génesis misma de esta otra vida, y es interesante observar que en la traducción al inglés Beckett ha eliminado casi una quinta parte del texto original. Frases, párrafos, pasajes enteros han sido descartados, y lo que en verdad hemos recibido es tanto un trabajo de edición como una traducción. Esta manipulación, sin embargo, no es difícil de comprender. Demasiados ecos, demasiada retórica diestra y ornamental del pasado permanecen, y pese a que una considerable cantidad de material espléndido se ha perdido, al parecer Beckett no lo juzgó lo suficientemente bueno como para conservarlo.

A pesar de, o quizá debido a esto, Mercier y Camier está cerca de ser una obra perfecta. Como todas las autotraducciones de Beckett, esta versión no es tanto una traducción del original sino una recreación, una "repatriación" del libro en inglés. Por más desnudo que sea su estilo en francés, siempre hay un pequeño extra agregado a la presentación inglesa, un sutil giro en la dicción o un matiz, una palabra inesperada cayendo en el momento justo que nos recuerda que el inglés es no obstante el hogar de Beckett.

George, dijo Camier, cinco emparedados, cuatro envueltos y uno listo. Verá usted, dijo, volteando amablemente hacia Mr. Conaire, pienso en todo. Porque el que me coma aquí me dará la fuerza para regresar con los otros cuatro.
Sofistería, dijo Mr. Conaire. Usted parte con sus cinco, envueltos, se siente débil, desenvuelve, saca uno, come, se recupera, prosigue con los otros.
Por toda respuesta Camier empezó a comer.
Lo va a malcriar, dijo Mr. Conaire. Ayer pasteles, hoy emparedados, mañana mendrugos y el jueves piedras.
Mostaza, dijo Camier.

Hay una precisión en esto que supera al francés. "Sofistería" en lugar de "razonamiento erudito", "mendrugos" en lugar de "pan seco", y la asonancia con "mostaza" en la siguiente frase concede una nitidez y una economía al intercambio que resultan más satisfactorias que en el original. Todo se ha reducido a lo mínimo; ni una sola sílaba está fuera de lugar.

Transitamos de pasteles a piedras, y página a página Beckett erige un mundo casi de la nada. Mercier y Camier emprenden un viaje y no van a ningún lado. Pero a cada paso del camino queremos estar exactamente donde ellos están. Cómo logra esto Beckett es una suerte de misterio. Pero al igual que en toda su obra, menos equivale a más.

Paul Auster. Escritor. Autor, entre otros libros, de Leviatán.
Este texto pertenece al libro El arte del hambre
(The Art of Hunger), publicado por Penguin Books.

Traducción de Mauricio Montiel Flgueira.
Nexos 211, julio de 1995.

 

 
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